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Los media y el elitismo

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A raiz de una discusión en un blog que tiene mucho más sentido de existir que éste, sin ninguna duda, el blog de “las penas del agente Smith”, terminé metiéndome una serie de reflexiones sobre los media que creo interesantes resumir aquí.
Básicamente, el post referido se hacía eco de un trabajador de la televisión que culpabilizaba a los espectadores de la banalización de la información y de la comunicación. Este meme se oye demasiado a menudo, y demasiadas veces en bocas que se afirman como de izquierdas, y contiene implicaciones mucho más profundas de lo que parecen. Este post pretende resumir (seguramente sin éxito) las ideas que me suscitó ese debate.

La culpa de quien emite un programa es de quien lo emite, no de quien lo ve. Éste, si, sostiene el programa al verlo, dándole un valor comercial para vender publicidad o directamente como plataforma de publicidad. ¿Es por eso culpable del contenido? Bueno, estamos demasiado acostumbrados al reparto de culpas que la tentación de responder a esa pregunta que si es muy fuerte. La idea de complicidad nos asalta inmediatamente, como si el espectador tuviera una parte activa en la programación televisiva. ¿No se basan en los baremos de las audiencias para determinar uno u otro contenido?

Bueno, lo primero que habría que definir es de qué manera ese espectador usa la televisión. Ciertamente, si dedicase a verla un esfuerzo considerable, si invirtiera en ella gran parte de su tiempo y dinero, culpabilizarle del resultado tendría bastante más sentido. Lo que pasa es que no es así. La televisión recibe un uso muy concreto: Es un electrodoméstico que usamos para entretenernos, olvidarnos del trabajo y dejar de darle vueltas a la cabeza con los problemas diarios. El frigorífico lo usamos para enfriar y mantener alimentos, la televisión para eso. Quizás haya algún fanático de algún programa que, si, le dedica mucho esfuerzo y energías, y sin duda ese tipo de personas hace mucho porque dichos programas o estilos de programas perduren. Pero no nos engañemos, esos son una minoría, quizás ruidosa, pero minoría: La inmensa mayoría de teleespectadores se limitan a encender su aparato cuando no tienen otra cosa que hacer y no les apetece invertir mucho esfuerzo en el entretenimiento. Algo que, por cierto, no veo porqué debería de ser reprobable de por si.

Un dato que debería de ser tomado en cuenta cuando se hacen estos cálculos pero que se suele olvidar es que cuando al público se le ofrece calidad generalmente la prefiere. Claro está, no lo que el listo de turno considere calidad. Por poner un ejemplo, cuando Buenafuente llegó a las televisiones nacionales competía directamente con un horror (no recuerdo el nombre) que tenía el mismo fin: el entretenimiento con humor. La diferencia era puramente de calidad: Buenafuente, con buenos guionistas, mejor gusto y buenas ideas, arrasó con el horario de noche y el otro horror (sigo sin acordarme) desapareció, después de años copando el mercado.
Lo que no es de recibo es presumir que lo opuesto sería un sesudo programa de literatura, con sesudos “intelectuales” haciendo onanismo intelectual.

Más que indicio de mal gusto del público, el que haya este tipo de programas es indicio de mala gestión de los responsables de los medios. ¿Cómo se determinan esas audiencias? Primeramente se les ofrece, a unas horas concretas, programas determinados que compiten entre sí. Si al lado del programa de Ana Rosa colocas un programa dirigido al mismo público pero elaborado con ingenio, ideas y buen gusto, dudo mucho que esa señora se quedase donde está. En cambio, se ofrece como alternativa algo tan horroroso o más que la señora en cuestión.

Ocurre de igual manera casi siempre: Las alternativas al fútbol son paupérrimas porque, “ya se sabe”, nada compite contra el fútbol. Como resultado el fútbol gana en las audiencias, y la próxima vez se vuelve a poner algo refrito y mal pensado como alternativa, a ser posible aún más barato.
¿Excepciones? Seguramente las habrá, pero culpabilizar a quien elige entre la sarten y el fuego me parece absurdo, la verdad: Hacer mala televisión es barato, basta poner a unos cuantos maleducados a gritar ordinarieces, abrir las puertas a desgraciados con alguna disfunción social deseosos de los cinco minutos de fama a costa de hacer el ridículo o simplemente montar un espectáculo premeditado de “escándalo” de baratillo.
Después el responsable justificará su vagancia diciendo que es lo que la audiencia reclama.

La pose intelectualoide de menosprecio de “la gente” esconde un elitismo muy desagradable para quien se considere mínimamente demócrata.
Si la gente dejase de ver estos programas, ¿se esforzarían los programadores en generar programas de más calidad? Esa es la pregunta, de hecho, porque, también de hecho, ya ha ocurrido antes que el público no haya visto programas de ese calibre. Y la respuesta es, lamentablemente, que no: En ese caso los programadores siguen buscando la ley del mínimo esfuerzo e inversión.
Para cambiar la tendencia la condición indispensable es politizar la televisión, contrariamente a lo que nos repiten machaconamente desde todos lados. Generalmente, dense cuenta, “todos lados” son televisiones privadas, claro.

Pero politizar no quiere decir, como nos insisten en sugerir, convertir los medios en la marioneta de cuatro caciques de pueblo. telemadrid no es politizar, es directamente robar a la res pública para darse autobombo. Politizar quiere decir crear organismos independientes que se sufragen no con intereses comerciales pero se rigan por criterios profesionales, no partidistas. Politizar quiere decir dirigir los medios públicos con criterios de auténtico servicio público.
Por un lado nos dicen que el público es tonto, por otro que la política es mala y hay que alejarla de algo tan básico como la información.

Vía directa al fascismo.

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Written by corazondepatata

27 febrero, 2010 a 7:46

Publicado en Sin categoría

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